Medida por medida, afila el tiempo su cuchilla.







sábado, 5 de enero de 2013

De la vida aparente





    Es cosa sabida que, tras pulcra decapitación, el cerebro mantiene breves atisbos de lucidez. Ello permitía, por ejemplo, en los buenos tiempos del Terror, que las cabezas guillotinadas humedecieran sus labios con saliva mientras vislumbraban melancólicamente su antiguo cuerpo tras la cuchilla. E incluso Dantón, de testa florida, pudo quejarse en acre tono al verdugo por tirarle del cabello mientras exhibía orgulloso sus despojos ante la hueste.

   Tal circunstancia, en épocas donde la muerte aparente -mujeres encintas encontradas en el féretro con el fruto de su vientre arrollado al seno por el cordón umbilical, ralea diversa de uñas astilladas- había llegado a inducir grave preocupación entre galenos y enfermos, favoreció nuevos métodos, más eficaces que los habituales vasos de agua sobre el vientre o el espejo de azogue, para asegurarse del estado del agonizante. Extraño ser que, a modo de cuántico gato, decisión ajena espera a su tránsito.

  Bastaba, en suma, con decapitar al enfermo para resolver el enigma. Si sus rasgos permanecían ausentes, la prueba del deceso era irrefutable; si de vida signos mostraba, asunto asimismo resuelto. Cuestión de segundos.

  Este proceder, impecable en sus planteamientos, al cabo determinó avances aún más profundos en el estudio de los no vivos. Pues ¿quién no ha decapitado alguna vez a individuos en apariencia pletóricos de humores corporales, y encontrado en su inerte cabeza la prueba irrefutable de que tal vitalidad era de hecho ficticia, mero remedo de existencia? ¿Quién duda, en realidad, de que los no vivos nos rodean?

   Niños del futuro, papá, mamá y los abuelitos no siempre son lo que parecen.

   Niños del futuro, si leéis estas líneas, que el hacha y los dulces sueños os guarden.