Medida por medida, afila el tiempo su cuchilla.







miércoles, 27 de julio de 2011

La sequía

       
            
 
Cuando alcé la cabeza al escuchar sones roncos aún no sabía que ese día iba a morir. Tampoco la lejana algarabía de los perros -era joven, ignoraba su significado- despertó en mí ningún temor. Sólo cuando los ladridos y los cuernos de caza crecieron fundiéndose con la berrea aterrada de los machos, cuando los primeros jinetes aparecieron entre los árboles, inicié junto a mis compañeros la carrera, dubitativo al principio, cada vez más rápido luego, mientras mis cascos resbalaban sobre la hierba todavía húmeda entre bestias que aullaban y mordían. Ni siquiera tras aquel golpe seco en el costado que envió un chorro de esputos y sangre a mi boca pude comprender lo que ocurría, ni siquiera al sentir el dolor insoportable del hierro, los colmillos sajando y babeando, la huida siseante del aliento, la escarcha en los ojos. Fue un instante después, mientras emergía a la luz desgarrando entre ansiosas boqueadas el vientre de mi madre, cuando, al recordar la cercanía de la muerte, supe también por primera vez de todas mis vidas anteriores, y comprendí. Supe así que siempre debería callar lo que sabía, y que nunca sabría lo que en verdad deseaba conocer. Y supe también, sin saber cómo lo sabía, que este conocimiento era el signo de la extinción. Supe que mi siguiente muerte sería, en verdad, la muerte.
          
Pero no es de eso de lo que quiero escribir, ni de los largos años de fingimiento que vinieron después. Encerrado como un oso en esta caverna sucia, mientras sujeto con dedos seniles viejos pergaminos desleídos, poco me importa recordar los vaivenes de mis horas. Sé que esta vez no habrá un nuevo amanecer, ni, transformado en halcón, volveré a crear el mundo con un dulce batir de alas. Sin embargo, he vuelto a ver la mirada blanca. Intentaré, pues, a la luz de la vela agitada por el vuelo de los murciélagos, transcribir aquellos diarios, y completar sus vacíos con los restos de mi memoria.





 Diario de la sequía

 Hoy debía haber sido el día. Las mesas estaban preparadas para el banquete, los dos anillos en la cabecera. Al alba, las nubes pesadas del otoño mostraban el peso del agua en sus vientres. Una brisa húmeda hacía murmurar los castaños. Todo, sin embargo, se ha roto.
Esperábamos ansiosos. La niña, por vez primera en muchos días, cantaba en su cuarto. Para animarla, paseé bajo su balcón ejecutando elegantes pases mágicos cuya inutilidad, al cabo, sólo yo conocía. Mas llegó el mediodía, llegó la noche, y el prodigio no se consumó. La extraña ranita de ojos dorados no se había convertido en príncipe; apenas un minuto después de las doce, yo mismo la desollé y la troceé. Mi mano temblaba rencorosa. Y aun así, de nuevo, como en los días en que aquella mirada enigmática me había infundido esperanza, creí ver una expresión humana en su rostro, un dulce reproche. Me vuelvo imbécil.
Cuando nos sentamos ante la cena, nadie quiso hablar. En silencio, desganados, contemplamos cómo nuestra señora, ausente la expresión, comía maquinalmente aquellas ancas que, transformadas en donceles muslos, soñó un día derramando la lluvia y el placer sobre sus caderas. El aceite dejaba pequeñas manchas en su barbilla al chupar los delicados huesecillos.
Sobre nuestras cabezas, secas, pasaron y se alejaron las nubes.


Entendedme. No es que no crea en la magia, o, por decirlo de otra manera, que piense que la existencia se reduce al breve atisbo que la mayor parte de los hombres tienen de la naturaleza: yo soy una prueba de lo contrario. Pero mi conocimiento, aunque vasto, se reduce de hecho al recuerdo de muchas vidas; en ello reside toda la sabiduría que me proporcionaba mi aureola y mi sustento. Sé que hay otras fuerzas: pero ignoro qué son, ni jamás he podido comprenderlas. Para los hombres, soy un mago porque puedo predecir aquello que en realidad ya he visto antes, porque conozco el lenguaje elusivo de los  milanos, salmones y ciervos que fueron mis compañeros: para mí, ese conocimiento sólo es la medida de mi ignorancia. Tenía razón: era un imbécil. Ahora, además, soy viejo, y es la última vez que seré viejo. Prosigo.





(Lo demás es otra historia, y habrá que contarla otro día)