Medida por medida, afila el tiempo su cuchilla.







sábado, 5 de enero de 2013

De la vida aparente





    Es cosa sabida que, tras pulcra decapitación, el cerebro mantiene breves atisbos de lucidez. Ello permitía, por ejemplo, en los buenos tiempos del Terror, que las cabezas guillotinadas humedecieran sus labios con saliva mientras vislumbraban melancólicamente su antiguo cuerpo tras la cuchilla. E incluso Dantón, de testa florida, pudo quejarse en acre tono al verdugo por tirarle del cabello mientras exhibía orgulloso sus despojos ante la hueste.

   Tal circunstancia, en épocas donde la muerte aparente -mujeres encintas encontradas en el féretro con el fruto de su vientre arrollado al seno por el cordón umbilical, ralea diversa de uñas astilladas- había llegado a inducir grave preocupación entre galenos y enfermos, favoreció nuevos métodos, más eficaces que los habituales vasos de agua sobre el vientre o el espejo de azogue, para asegurarse del estado del agonizante. Extraño ser que, a modo de cuántico gato, decisión ajena espera a su tránsito.

  Bastaba, en suma, con decapitar al enfermo para resolver el enigma. Si sus rasgos permanecían ausentes, la prueba del deceso era irrefutable; si de vida signos mostraba, asunto asimismo resuelto. Cuestión de segundos.

  Este proceder, impecable en sus planteamientos, al cabo determinó avances aún más profundos en el estudio de los no vivos. Pues ¿quién no ha decapitado alguna vez a individuos en apariencia pletóricos de humores corporales, y encontrado en su inerte cabeza la prueba irrefutable de que tal vitalidad era de hecho ficticia, mero remedo de existencia? ¿Quién duda, en realidad, de que los no vivos nos rodean?

   Niños del futuro, papá, mamá y los abuelitos no siempre son lo que parecen.

   Niños del futuro, si leéis estas líneas, que el hacha y los dulces sueños os guarden. 



sábado, 10 de diciembre de 2011

MOGOR




Arrodillado sobre la tierra húmeda, su tosco buril cincela la roca. De cuando en vez vuelve la cabeza, escruta febril los bancales de niebla que, empreñados de siluetas informes, ocultan la ribera opuesta.
 
Días, mareas, linajes pasan. Sólo los trazos grabados en el granito permanecen, regenerados por la erosión. Dentro del laberinto –donde apenas importa sístole o diástole, pleamar o bajamar- la geometría queda derogada por la vida.
 
 

GNOMOS








Esta mañana lo encontré muerto en la fresquera. Hace días las ratas lo habrían devorado, pero se han ido. Me dio pena. Alisé su raída capucha y su casaca, lo enterré junto a los restos del manzano.  

Desde que la Gran Seta brotó tras la cordillera todo muere. Sólo ellos medran: los enanitos. Al principio se limitaban a roer los tallos agostados. Anoche desperté y vi a dos en la mesilla, su piel calcinada, la mirada febril. Comencé a perseguirlos. Tras aplastar a uno en la cocina, lo tiré a la basura. El otro había desaparecido. Cansado, volví a la cama.
Ninguno ha vuelto a entrar en la casa. Prefieren pasar de largo. Creí que venían de la Seta, ahora comprendo que se dirigen hacia ella. Quizá tienen hambre.

El aire sabe a azufre. Cousas do demo.

Hoy, tras encaramarme a un taburete, vi en el espejo mis rasgos descarnados. Tomé una decisión. Desenterré al gnomo para coger su ropa. Me queda perfecta. Debe ser mágica. He emprendido viaje a las montañas. Algunos de mis congéneres se comen a los muertos, acabarán enfermos. Yo me voy a casa, a la Gran Seta. Tengo un hambre atroz.



jueves, 8 de diciembre de 2011

Primogénito

  


    Despierta. Despierta, gemía el hurón. Entrégale, alacrán, tu veneno. Abre los ojos, huye, su aliento se acerca, la muerte te rodea. Óxido, hierro, melaza. Mas la cabeza rodó entonces, sibilante entre las hierbas, por el brezo arañada, rodó incansable hacia las aguas con los hermanos a su procura.

         Lacio en vida, ahora su cabello es refugio y sacra raíz. Ondinas hambrientas acechan el paso de las nutrias.

        Sólo a veces, atraída por salmodias de remotos juegos infantiles, la sangre desborda el cuello del lago.
 
 
 
 
 

sábado, 3 de septiembre de 2011

Anámnesis





      Llevo milenios caminando. Del viento y la lluvia en los bosques me guarezco. Perro salvaje, evito el rumor de los pueblos.
       A veces mis sueños son oscuros. Un soldado se acerca, me habla: "creen que fue el valor lo que tensó mi cuerpo, ajeno a la lava, imperturbable. Mas quiero descansar: desde la erupción, el terror gangrena mi pecho. No he muerto, no estoy vivo. Erguido tras la vitrina, en los ojos de los niños veo la destrucción que desciende". Cuando despierto las hojas cubren mi rostro.
       Una mañana desapareció. Había sangre en la ventana, pero quizás era otra burla. Había sangre en mi corazón. Contemplo desde la linde las tabernas, temeroso de acercarme demasiado y oir su risa entre las voces ebrias. Su puta risa.
        He rogado a Dios una prueba: dejaría entonces de sufrir, pondría velas por su alma.
        Si está viva, dadme una cuerda de seda.

miércoles, 27 de julio de 2011

La sequía

       
            
 
Cuando alcé la cabeza al escuchar sones roncos aún no sabía que ese día iba a morir. Tampoco la lejana algarabía de los perros -era joven, ignoraba su significado- despertó en mí ningún temor. Sólo cuando los ladridos y los cuernos de caza crecieron fundiéndose con la berrea aterrada de los machos, cuando los primeros jinetes aparecieron entre los árboles, inicié junto a mis compañeros la carrera, dubitativo al principio, cada vez más rápido luego, mientras mis cascos resbalaban sobre la hierba todavía húmeda entre bestias que aullaban y mordían. Ni siquiera tras aquel golpe seco en el costado que envió un chorro de esputos y sangre a mi boca pude comprender lo que ocurría, ni siquiera al sentir el dolor insoportable del hierro, los colmillos sajando y babeando, la huida siseante del aliento, la escarcha en los ojos. Fue un instante después, mientras emergía a la luz desgarrando entre ansiosas boqueadas el vientre de mi madre, cuando, al recordar la cercanía de la muerte, supe también por primera vez de todas mis vidas anteriores, y comprendí. Supe así que siempre debería callar lo que sabía, y que nunca sabría lo que en verdad deseaba conocer. Y supe también, sin saber cómo lo sabía, que este conocimiento era el signo de la extinción. Supe que mi siguiente muerte sería, en verdad, la muerte.
          
Pero no es de eso de lo que quiero escribir, ni de los largos años de fingimiento que vinieron después. Encerrado como un oso en esta caverna sucia, mientras sujeto con dedos seniles viejos pergaminos desleídos, poco me importa recordar los vaivenes de mis horas. Sé que esta vez no habrá un nuevo amanecer, ni, transformado en halcón, volveré a crear el mundo con un dulce batir de alas. Sin embargo, he vuelto a ver la mirada blanca. Intentaré, pues, a la luz de la vela agitada por el vuelo de los murciélagos, transcribir aquellos diarios, y completar sus vacíos con los restos de mi memoria.





 Diario de la sequía

 Hoy debía haber sido el día. Las mesas estaban preparadas para el banquete, los dos anillos en la cabecera. Al alba, las nubes pesadas del otoño mostraban el peso del agua en sus vientres. Una brisa húmeda hacía murmurar los castaños. Todo, sin embargo, se ha roto.
Esperábamos ansiosos. La niña, por vez primera en muchos días, cantaba en su cuarto. Para animarla, paseé bajo su balcón ejecutando elegantes pases mágicos cuya inutilidad, al cabo, sólo yo conocía. Mas llegó el mediodía, llegó la noche, y el prodigio no se consumó. La extraña ranita de ojos dorados no se había convertido en príncipe; apenas un minuto después de las doce, yo mismo la desollé y la troceé. Mi mano temblaba rencorosa. Y aun así, de nuevo, como en los días en que aquella mirada enigmática me había infundido esperanza, creí ver una expresión humana en su rostro, un dulce reproche. Me vuelvo imbécil.
Cuando nos sentamos ante la cena, nadie quiso hablar. En silencio, desganados, contemplamos cómo nuestra señora, ausente la expresión, comía maquinalmente aquellas ancas que, transformadas en donceles muslos, soñó un día derramando la lluvia y el placer sobre sus caderas. El aceite dejaba pequeñas manchas en su barbilla al chupar los delicados huesecillos.
Sobre nuestras cabezas, secas, pasaron y se alejaron las nubes.


Entendedme. No es que no crea en la magia, o, por decirlo de otra manera, que piense que la existencia se reduce al breve atisbo que la mayor parte de los hombres tienen de la naturaleza: yo soy una prueba de lo contrario. Pero mi conocimiento, aunque vasto, se reduce de hecho al recuerdo de muchas vidas; en ello reside toda la sabiduría que me proporcionaba mi aureola y mi sustento. Sé que hay otras fuerzas: pero ignoro qué son, ni jamás he podido comprenderlas. Para los hombres, soy un mago porque puedo predecir aquello que en realidad ya he visto antes, porque conozco el lenguaje elusivo de los  milanos, salmones y ciervos que fueron mis compañeros: para mí, ese conocimiento sólo es la medida de mi ignorancia. Tenía razón: era un imbécil. Ahora, además, soy viejo, y es la última vez que seré viejo. Prosigo.





(Lo demás es otra historia, y habrá que contarla otro día)

lunes, 11 de abril de 2011

Moinante

 


Creces en mi recuerdo.
Vives aún.
El pan de mi pecho te alimenta.

Sombra de nubes sobre las colinas, los días me abandonan.
La hora fue desfavorable,
se ha cruzado, en mi camino, el infortunio.
Poco importa: el ejercicio del resentimiento
basta para colmar un corazón.
Cual la pérdida será el castigo: medida por medida,
afila el tiempo su cuchilla.
Sosegado acecho entre los robles.
No soy un loco, ni piedad espero.
Mis actos repulsivos, mis vilezas,
obedecen a designios superiores.